A Juan Antonio González Caraballo

Hace cinco años ya que Juan Antonio, mi padre, nos dejó, y no pasa un solo día en que no recuerde su semblante combativo, su mirada cálida y perseverante, sus ganas, su titánica presencia y todas y cada unas de sus luchas planetarias. Juan Antonio González Molina. Historiador.
“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles” B. Brecht
Murió en los campamentos de refugiados de Tinduf, y es que allí se libraba por entonces, como se sigue librando hoy día, una de esas en las que él no podía faltar, hacer oídos sordos, una de esas batallas en las que su mano franca y su compromiso eran ineludibles, una batalla por la justicia y contra la injusticia cometida sobre un pueblo que lleva malviviendo en una cárcel de arena más de treinta años.
Mi padre creía en los hombres y en las ideas, esos conceptos que hoy día parecen no valer nada, para él lo eran todo. Sus ideas e ideales eran el verdadero motor de su vida, la razón última de su existencia. Y las defendía con el ejemplo, con la entrega y la lucha revolucionaria. Tanto es así, que al recordar las palabras de Fidel sobre Ernesto “Che” Guevara evocando la figura del “Hombre nuevo” no puedo evitar pensar en él, en mi padre.
Desde su temprana juventud empezó a sentir que algo no funcionaba bien en este mundo, y desde su profunda formación política, social e intelectual llegó a la conclusión irrevocable de que debía poner su granito de arena para cambiar las cosas. Luchó contra la Dictadura del General Franco y dio por ello con sus huesos en la cárcel, allí se reafirmó en sus ideas de libertad y justicia, en su compromiso para con los desheredados de la tierra, y ya no paró hasta el día de su muerte.
Su dilatada carrera política abarca muchos frentes en los que puso el alma, por los que hubiera dado su vida como la dio por nuestro hermano pueblo Saharaui. Creía profundamente en la capacidad humana, en la posibilidad del cambio revolucionario, en un mundo mejor y más humano. Así emprendió un camino de lucha constante y consciente que desarrollaba desde que abría los ojos hasta que los cerraba por la noche para descansar. Su vida familiar, laboral y social no eran más que campos de acción en los que derramar su amor y su compromiso con los ideales socialistas revolucionarios que había hecho suyos.
Estuvo siempre junto al obrero, defendiendo sus derechos, estuvo siempre con la libertad y la justicia, allí donde se le necesitó, estuvo con presente en mil batallas, y no perdió ninguna, porque por allí por donde pasaba dejaba su semillita, abría corazones y conciencias.
Por todo ello hoy lo recuerdo, y por todo ello trato de seguir su ejemplo, desde mi convicción profunda y sincera de que otro mundo es posible invito a todos aquellos que lo conocieron, que participaron en su lucha, “codo a codo y en la calle”, a recordarlo y a seguir con la lucha. Compañeros proletarios, obreros del mundo entero, vuestra es la razón, la tierra y el futuro; compañeros cubanos, seguimos creyendo en vosotros y en la revolución; saharauis valientes, pueblo digno, vuestra lucha es la nuestra, la de todos , la de los palestinos, chiapanecas, o cualquier pueblo rebelde de otra parte del mundo. A todos ellos les conmino a levantarse, a alzar la voz, a seguir exigiendo lo que es justo, lo que es nuestro y nos pertenece.
Hoy, como cada día desde hace cinco años, vuelvo a recordarte padre, llevo tu sangre en las venas y tu ejemplo en la memoria para siempre, “estés donde estés, y si te vas, también; vayas donde vayas, y si te vas, batalla”... La lucha continúa.
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