Describiendo la ciudad: pobreza femenina en “Memórias de Marta”
“Lopes de Almeida sabía aprovecharse de los discursos disponibles. Escribía una literatura contestataria… que se propone interrumpir el monólogo masculino o al menos confrontar la pretensión masculina de monopolizar la cultura, la historia y la autoridad intelectual”
Un objetivo importante de los estudios literarios feministas consiste en identificar obras que satisfacen los criterios de inclusión en el canon, pero que están excluidas por razones extraliterarias, por estar escritas por mujeres. Las obras excluidas a menudo se leyeron ampliamente en el momento de su publicación, fueron marginadas posteriormente por criterios androcéntricos y los gustos literarios cambiados. La editorial Mulheres en Florianópolis, Brasil, se dedica al rescate de escritoras casi olvidadas. May E. Bletz. La Ventana.
En el verano del 2008 salió una nueva edición de la novela Memórias de Marta de la escritora Júlia Lopes de Almeida (Río de Janeiro 1862-1934). La misma editorial ya había reeditado de la misma autora A Silveirinha (1914) en 1997, A viúva Simões (1897) y A falência (1901) salieron respectivamente en 1999 e 2003 y varias críticas literarias ya han estudiado su obra desde una perspectiva feminista[1].
En diferencia a otras novelas de la autora, Memórias de Marta nunca fue un éxito durante la vida de la escritora. Originalmente publicada en instalaciones en el diario Tribuna Liberal de Río de Janeiro, no llamó la atención ni del público lector ni de los críticos literarios. Fue su primera novela, escrita entre 1885-1886, cuando la autora sólo tenía veinticuatro años de edad, aunque sólo la publicó en 1888, después de haberse casado con el poeta portugués Felinto de Almeida.
Ahora, más de cien años después de su publicación original y con esta excelente nueva edición, creemos que ha llegado el momento de reevaluar esta obra. A nuestro modo de ver, ya que se trata de literatura didáctica, como la mayor parte de la producción novelística del siglo decimonónico, hay que verla en conjunto con otros discursos de la época: los historiográficos e histórico-sociales, ya que la idea de un artista marginalizado y no escuchado por la sociedad nos parece un anacronismo que nos impide situar la novela didáctica en los discursos del tiempo de la autora.
Lopes de Almeida fue una de las mujeres que más hábilmente sabía aprovecharse de los discursos disponibles. Escribía lo que Mary Louise Pratt ha llamado “una literatura contestataria… que se propone interrumpir el monólogo masculino o al menos confrontar la pretensión masculina de monopolizar la cultura, la historia y la autoridad intelectual”.
En Memórias de Marta ya encontramos la misma temática que en sus escrituras posteriores, novelísticas y periodísticas. La misión de Lopes de Almeida siempre fue clara: había que encontrar una identidad nueva para la mujer brasileña; una identidad que se encontrara al mismo nivel que en las naciones más “avanzadas” pero que al mismo tiempo fuera típicamente “brasileña” y la autora se ocupó de esta temática a lo largo de sus más de cincuenta años. Aunque en la mayor parte de su obra la autora se ocupaba más bien de la mujer de clase media, y veía el lugar de la mujer en la casa, con el esposo y los hijos, también se preguntaba qué tenían que hacer las mujeres que no tenían a un hombre, como las viudas y las huérfanas.
Esto es el caso de la protagonista en Memórias de Marta. Una mujer mayor, Marta, narra sus memorias de su vida en un cortiço, o conventillo, llamado São Cristovão. Narrada en primera persona, la novela abre con la muerte de un padre y esposo por la fiebre amarilla. Por necesidad la madre y su niña, Marta, tienen que mudarse a vivir en un cortiço —literalmente la palabra significa colmena y llega a ser el término para referirse a viviendas para los pobres en el centro la ciudad—. A pesar de ser inteligente, Marta carece de belleza física ni va a tener dote y por eso no es probable que se pueda casar para así escapar de la pobreza.
Apoyada por su colega mayor, Dona Aninha, Marta encuentra un trabajo como maestro substituta, lo cual le permite escapar del cortiço, pero psicológicamente está dañada por la pobreza de su juventud: “[a] dor de viver, de ser feia, de ser pobre, de ser triste” (137). Termina la novela recordándose cómo al final logra salir de la pobreza, pero se siente atrapada en un matrimonio sin amor y sin hijos.
Según Sidney Chaloub, la proliferación de los cortiços en Río a partir de la segunda mitad del siglo diecinueve está relacionado tanto con la inmigración portuguesa como el aumento de los esclavos liberados. Los dos grupos necesitaban viviendas baratas cerca del trabajo (26). El aumento de los cortiços estaba en oposición directa a la necesidad de los élites de Brasil de mejorar la imagen de su país para atraer inversiones extranjeras.
Thomas Holloway (274) argumenta que como capital de la nación, había una proximidad entre los niveles más altos del gobierno nacional y la vida callejera de los pobres. Los élites deseaban un cambio total en la ciudad, y no bastaba con modernizar el centro con las obras iniciadas por el alcalde de Rio, Barata Ribeiro y su arquitecto, Pereira Pasos, quienes, inspirados por el barón Hausmann en París, mandaron a destruir los edificios antiguos para construir avenidas amplias. Además se exigía que el pueblo cambiara y que dejara a un lado las viejas tradiciones coloniales y no-europeas.
Esta política de cambiar la cultura brasileña es lo que Nicolau Sevcenko ha llamado un proceso de “aburguesamento intensivo” (33) de la ciudad: los habitantes tenían que ser limpios, tranquilos y buenos trabajadores. Jeffrey Needell ha analizado la cultura de la Belle Époque carioca (1889-1914), como una expresión cultural de la dependencia neo-colonialista del Brasil hacia Gran Bretaña y Francia.
Los barrios más lejanos del centro antiguo, como Botafogo y Tijuca se convirtieron en zonas de refugio para las clases medias, mientras que los nuevos pobres se mudaron para el centro donde convirtieron edificios antiguos en cortiços. Según unas estadísticas de la policía, en 1875 unas 33,000 personas, más del 10 por ciento de la población en el centro, vivía en dichos cortiços (Holloway 23-24). Los trabajadores pobres, muchas veces inmigrantes o esclavos liberados, que no podían permitirse el lujo de vivir en barrios más elegantes ni tampoco podían pagar el transporte público llegaron a vivir muy apretados en el centro y el odio y la represión estatal se dirigió hacia ellos.
En este ambiente los novelistas naturalistas tomaron un papel tanto de voyeur como de participante. A través de sus novelas crearon espacios ficticios en los que podían observar, analizar y crear realidades de la sociedad urbana carioca, muchas veces revelando para sus lectores —de las clases más acomodadas, por supuesto— un mundo que habían visto pero al mismo tiempo les fue desconocido, amenazador, un “submundo”, para utilizar el término propuesto por Amy Chazkel.
Marta vive en este submundo, que parece más relacionado a la muerte que a la vida: “Quantas moscas! O matadouro nas vizinhanças infeccionava o bairro enchendo-o ao mesmo tempo de mau cheiro, de insectos e de urubus” (13). Hasta su casa no le da protección que desea tanto, y narra episodios de la mulata Eulália, quien organiza fiestas escandalosas y se olvida de la lavar la ropa de los clientes (53); el triste final del niño Manecó, que se muere por haber sido alcohólico desde su primera infancia; o el asesinato final de dos hombres del Tirol que intentaron violar a una niña (55).
El mundo del cortiço es un mundo que Marta —y por ende la autora del libro— conocen muy bien y que coincide con la preocupación de la época por el tema. Sin embargo Memórias de Marta se diferencia en un aspecto importante de otros textos por el tono de comprensión y a veces compasión por los personajes femeninos. A lo largo de la novela se percibe un sentido de devaluación del espacio femenino tradicional, la casa, el jardín, la familia, estos espacios se encuentran amenazados por la ciudad creciente.
La crítica hacia la ciudad moderna no sólo se encuentra en las memorias de Marta misma, sino también en varios otros personajes de la novela, por ejemplo Luiz, un primo de Dona Aninha, con la cual está de vacaciones en el campo. Luiz describe Río de Janeiro de la manera siguiente:
as suas ruas estreitas com mantas de carne seca penduradas nas portas dos armazéns; aquela população masculina vestida de preto que dá aos cafés aspectos soturnos; os tílburis conduzindo parteiras e médicos aos solavancos sobre o pavimento escalavrado; o calor; os mosquitos; os benefícios das actrizes más; as reuniões dançantes com a polca zizi; e a saturação de muitas calamidades, fora a febre amarela… (97).
La ciudad moderna es concebida, entonces, como un espacio masculino comercial en la que las actividades bares y actrices amenazan los espacios femeninos del hogar y la familia. Río de Janeiro no es el orgullo de la nación brasileña sino un sitio enfermo y contaminador que amenaza las vidas saludables de las mujeres honestas, que necesitan la naturaleza y el amor puro de la familia. En su crítica de la ciudad moderna, Luiz contempla un espacio alternativa en forma de una ciudad utópica (102), en la que los pobres podían vivir en casitas bonitos con jardín, agua limpia y flores por todas partes, en la que podía construir un museo para invitar artistas, en la que él podía ser médico, ayudar a los pobres y tener a una esposa honesta (104). En aquel momento Luiz parece comprender a Marta y en seguida ésa se enamora de él. Desafortunadamente, Luiz se olvida en seguida se olvida de su sueño, ignora los sentimientos de Marta y termina por casarse con una mujer bonita y adinerada.
Sin embargo, los sueños de Luiz tienen un impacto profundo en la vida de Marta, aunque de forma imprevista. Ella escribe cartas largas a su mamá, que se tuvo que quedar en Río, en las que narra en gran detalle sobre sus actividades y conversaciones en el campo. Un cliente de la madre lee aquellas cartas y se queda tan impresionado que decide casarse con ella, sin siquiera conocerla. Éste es, entonces, el matrimonio de Marta, No es una unión feliz, porque el marido se sintió atraído por su intelecto, no por su belleza física. Marta no es una mujer perfecta, ni tampoco cumple con el ideal femenino domestico que propone Lopes de Almeida. Marta misma lo confiesa: no sirve para las tareas domésticas: “Eu, além de feia, era inabilidosa. Nunca soube fazer um laço, cortar um vestido, pregar uma flor” (79).
Marta no logra combinar el intelecto con el trabajo femenino y por lo tanto ve su matrimonio como una unión intelectual, no espiritual. No logra tener hijos y se envejece sola, ya que su mamá se muere sólo ocho días después del matrimonio. Aunque la novela la trata con bastante simpatía, Marta no es la heroína: ese papel lo cumplen más la madre y Dona Aninha, mujeres que están dispuestas a auto sacrificarse y ayudar a otras mujeres.
Marta logra evitar un destino similar por la generosa ayuda de su colega mayor, Dona Aninha. Llega a desarrollar su inteligencia, encuentra un trabajo como maestra de escuela, y de esta manera, como explica Mary Poovey, va a tener un impacto en el futuro cuidando a los niños. La maestra es una figura materna que al mismo tiempo cuestiona el destino de ser madre (168).
Con su nuevo estatus en la vida, Marta por fin puede abandonar el cortiço y alquila una pequeña y modesta casa aunque va a tener que gastar todo su sueldo en eso, lo cual implica que su madre va a seguir trabajando como lavandera.
Esta mezcla de feminismo con posturas conservadoras es muy peculiar en la obra de Lopes de Almeida. Rachel Soihet observa por un lado se propone a la mujer burguesa y ama de casa como el ideal femenino, pero nunca se ataca en la obra a las mujeres que no corresponden a este ideal. Las lavanderas, domesticas, cocineras y hasta las prostitutas no son mujeres malas que destruyen familias por voluntad propia, son seres dañadas por la falta de condiciones morales y físicas apropiadas.
No cabe duda que para la autora, como para la mayoría de los intelectuales de su tiempo, la profesión de lavandera fue un horror ya que, como afirma Sônia Roncador (107), para los médicos higienistas las lavanderas residentes en los cortiços se trasformaron en potenciales diseminadoras de enfermedades. Por otro lado se hace énfasis en cómo la madre de Marta siempre es apreciada por los clientes, y, aunque ya está enferma, lava la ropa de la mulata Eulália con agua limpia (35). Pobre y enferma, no le queda otra profesión. Al final de la novela, Marta se encuentra con una vieja amiga de la escuela, Clara Silvestre, quien ahora es una prostituta. Marta se acuerda de la Clara alegre de su infancia y lamenta la inocencia perdida de su compañera de escuela que llegó a perderse por su amor por las cosas bellas y su falta de educación práctica.
A lo largo de su obra, Lopes de Almeida siempre defendía a la mujer brasileña contra los ataques estereotipados y misóginos de sus contemporáneos masculinos. En una crónica suya, titulada A mulher brasileira comenta lo siguiente:
“A brasileira vive ociosa; é uma phrase injusta e que anda a correr mundo, infelizmente sem protesto” (36). “Ricas ou pobres, as mães só têm uma aspiração: aleitar, criar os seus filhos…”. “Dizem que somos débeis (e chegam a convencer-nos) porque somos franzinas, ou porque somos pallidas, ou porque somos mais tristes! Não se lembram de que tudo isso é effeito de uma educação mal feita… sem estudo bem ordenado, sem viagens, sem variedade, sem alegria, emfim!” (185)
A pesar de todos los obstáculos, Marta logra cambiar su destino y escapa del cortiço. La novela didáctica, hoy tan pasado de moda, fue una manera en que las mujeres tenían acceso a la alfabetización, a la cultura impresa y a la esfera pública, pero para hablar y ser escuchadas tenían que hablar como mujeres y limitarse a hablar de temas “femeninos.” Ya en su primera novela, Lopes de Almeida intentó de cambiar los perjuicios acerca de la mujer brasileña, mostrando que si hacía cosas malas, siempre fue o por ignorancia o por tentar de ayudar a sus hijos.
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Dra. May E. Bletz
Department of Modern Languages, Literatures and CulturesBrockUniversity, St. Catharines, ONCanada
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