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Socialismo y democracia: apuntes sobre el desafío del siglo XXI

Conferencia impartida por el sociólogo cubano Aurelio Alonso en el acto de investidura como Profesor Invitado de la Universidad Central «Marta Abreu», de Las Villas, el 5 de marzo de 2010.

“Llamémosle «democratizar» o «perfeccionar la democracia» a la implementación de cambios que nos conduzcan progresivamente a la participación popular en todos los procesos de toma de decisiones; de lo que se trataría sería de aproximarnos a estos paradigmas que deben conducir —junto a otros— a que el pueblo tenga finalmente en sus manos, por múltiples dispositivos, tan variados como se requiera, la posibilidad de dirigir, de manera efectiva, sus destinos en función de sus intereses”.

Ante todo deseo agradecer al rector, Dr. José Ramón Saborido, a la vicerrectora, Dra. Miriam Nicado y a la Decana de ciencias sociales, Dra. Mely González Aróstegui, digna representación de esta alta casa de estudios, por el honor de acogerme con toda formalidad en su seno como Profesor Invitado. Y a ustedes todos, profesores y alumnos aquí presentes, por acompañarme en este acto, sencillo y solemne a la vez, tan cargado de estimación académica y simpatía afectiva.

Las ideas que quiero expresar no han sido concebidas en términos de conferencia magistral, sino como las notas para un intercambio de criterios más directo e informal, en el cual me permitiré someterles algunas apreciaciones personales en torno a los conceptos de socialismo y democracia, vistos desde nuestro tiempo y en el horizonte hacia el cual nos orientamos.

Con la mayor frecuencia sucede que la realidad que creemos vivir no se corresponde del todo con la que realmente vivimos. Todos los días recibimos evidencias tranquilizantes y evidencias inquietantes, y lo más difícil suele ser ponderar la magnitud de unas u otras. Así es que el optimista ve el vaso medio lleno mientras el pesimista lo ve medio vacío. El antropólogo Jorge Cela ha observado que para el ama (o el amo) de casa, la crisis económica es algo que tiene lugar entre la puerta de su cocina y la bodega, y los indicadores de la macroeconomía, como el producto interno bruto, la balanza de pagos, las tasas de inflación, y otros, le dicen muy poco o nada. Y de modo similar, el visitante que ve más automóviles que los que vio en su visita anterior, comenta, sin mucho rigor, que «la cosa se ve que está mejorando», como si esto fuera un indicador de progreso.

Pero la «cosa» es siempre más compleja. Durante varias décadas vivimos convencidos de que, junto a la Unión Soviética, navegábamos seguros en el socialismo, al margen de desacuerdos, errores, defectos, o despropósitos que pudiéramos identificar. Lo cierto es que la complejidad y la naturaleza contradictoria de los escenarios que dan contexto a nuestra existencia no son, en modo alguno, ficticias. Y que atraparlos en el conocimiento resulta un ejercicio difícil y forzosamente incompleto. Con esta generalización sobre los escenarios me atrevo a aludir al sistema-mundo, aunque puede ser igualmente aplicada al plano nacional.

La humanidad se halla hoy entrampada en el momento más difícil y decisivo de su historia. Lo afirmo al pensar en una crisis financiera mundial que se afronta con la clara ausencia de interés en resolverla: de resolverla para el mundo, quiero decir, y no para la especulación financiera que la ha creado. Hace pocos días el economista argentino Claudio Katz afirmaba en el coloquio sobre globalización celebrado en La Habana, que el neoliberalismo había entrado en crisis estructural, en tanto la crisis del capitalismo era histórica. Esta distinción sintetiza la encrucijada de las relaciones económicas actuales dentro de la cual está muy lejos de vislumbrarse una racionalidad que amortigüe los efectos sociales de la acumulación de capital: las fuerzas del capital no pueden concebir salida al margen de su estricta dominación, que no repara en otro indicador de eficiencia que no parta de la ganancia.

Enfrentarse a las fuerzas del capital implica, invariablemente, volver a asumir la utopía, el ideal, el paradigma socialista, que parecía improbable en la última década del siglo pasado, pero que el comienzo del presente vuelve a ponerse en juego. Fue de Inmanuel Wallerstein de quien escuché con más firmeza desde el principio de los noventa que la época del verdadero auge del marxismo estaba por venir y no había sido el siglo XX, cuando tantos pensaban en su bancarrota.

En sintonía con esta previsión las circunstancias han dado lugar a que cobre sentido la polémica expresión que distingue un «socialismo del siglo XXI», la cual ha cobrado forma desde la América Latina, devenida escenario de resistencia y creatividad en esta dirección. Se significa con ello que no se asume el fracaso del experimento socialista del siglo XX como el fracaso del socialismo. Ahora «la tarea principal —afirma el sociólogo belga F. Houtart— es comprobar la superioridad moral del socialismo sobre el océano neoliberal global, lo que implica tanto la participación popular como el éxito económico»

La necesidad de no quedar anclados en una lectura inmovilista del marxismo, sostenida en identificaciones doctrinales de los fundadores y/o los sucesores, la cual ya sabemos que conduce a la parálisis y al abandono como reacción, se complementa con la necesidad del retorno a Marx y al debate histórico dentro del marxismo creativo, que fuera sistemáticamente congelado durante un siglo. De sintonizar la necesaria libertad del pensamiento con la coherencia ideológica en lo que Edgard Morin ha llamado un «conservatismo revolucionario»: conservar la perspectiva de la construcción socialista, siempre dentro de una visión de cambio, de debate y de participación.

Uno de los puntales del aporte metodológico de Marx, hacer descansar el conocimiento sobre el «análisis concreto de la realidad concreta» se vio obsesivamente acosado durante siglo y medio por literalismo, doctrinalismo, acomodo político, oportunismo, pereza intelectual y otras deformaciones que se han proclamado en defensoras de esquemas frente a la innovación.

De otra parte, tampoco podemos obviar que el siglo XX nos dejó los resultados del primer experimento socialista en el mundo. Sabemos ya que fallido y sabemos también que desde un proyecto pretendido reformador se terminó en la desestructuración del sistema y en una reversión transicional hacia el capitalismo, al desarmar sin sucedáneo plausible el poder partidocrático e invertir abruptamente el patrón de centralización estatal mediante la privatización acelerada de la economía sometida al mercado.

No poca tinta ha corrido ya evaluando el derrumbe soviético, aunque no siempre con suficiente rigor y con la frialdad requerida. Y las generaciones presentes están urgidas de una comprensión balanceada de lo que pasó. Tampoco podemos nosotros extendernos aquí en este tema. Pero debo decir que dos enseñanzas recibimos, de todos modos, al final del siglo: la primera, que el socialismo no era irreversible; la segunda, que un bello proyecto de reformas podía terminar en un proceso de desestructuración y reversión capitalista.

Pienso, para decirlo rápido, que aquel experimento se frustró principalmente por la incapacidad del sistema soviético de generar una democracia socialista. Quiero decir con «democracia socialista», una institucionalidad política en correspondencia con la estructura que debió poner fin a la explotación del trabajo humano. Y consecuentemente con este fracaso, otro más profundo: el de no haber sido capaz generar una cultura democrática desalienada. Al faltar la cultura y el edificio democrático —es decir, un verdadero poder popular— el proyecto estaba llamado a fallar de conjunto, al margen de que nos desgastemos en precisar si los factores objetivos determinaron sobre los subjetivos, o si estos últimos fueron los decisivos.

El capitalismo se puede reproducir sin democracia y lo ha demostrado con mucha frecuencia. El socialismo no, evidentemente, porque tiende a convertirse en su contrario. El capitalismo nació, de hecho, al margen de la legitimidad democrática, y la adoptó y adaptó en la medida en que se le hizo funcional. Siglos de acumulación originaria del capital fueron recorridos bajo la opresión monárquico-feudal a lo largo y ancho del mapa europeo. Incluso se puede mostrar que los logros en derechos humanos de las democracias capitalistas han sido arrancados a la burguesía por las presiones de las masas, en ocasiones en que estas han sido capaces de ejercer esas presiones sin claudicar (y con costos elevados en vidas humanas). De la misma manera que sobran en nuestros tiempos las pruebas del autoritarismo ejercido desde el poder democrático con desprecio total de las propias reglas democráticas.

La vinculación del concepto de democracia al paradigma socialista se suele relacionar con la distinción entre democracia representativa y democracia participativa. No falta razón en asociar al modelo liberal la reducción de la democracia a la representatividad y, por el contrario, cifrar la búsqueda de su expresión socialista en la participación. No obstante, quiero advertir que los conceptos de participación y representatividad no son contrarios, no se excluyen sino que responden a una complementación explicable.

Por lo tanto la contraposición de la democracia participativa como ideal frente a la democracia representativa, si la intentamos caracterizar en términos absolutos, carece de sentido y conduce, a mi juicio, a confusión. En primer lugar porque hasta en las más deformadas de las democracias representativas en nuestros días —donde sabemos que el presidencialismo ha convertido el acceso al poder político en una sustanciosa operación de mercado— existe una cuota mínima y previsible de participación. Los grados los definen las perspectivas históricas en cada caso, como también sucede con el balance entre la autoridad colegiada y la personal.

Yo preferiría decir que lo que distingue a una de otra es lo que el más rancio marxismo caracterizaba como la dictadura de clase: si en el triángulo de relaciones, en el cual el sociólogo alemán Claus Offe define el sistema social, el Estado responde a las necesidades del pueblo o a los intereses del capital. Al margen de que en el primer caso el sentido de participación tendría que ser más marcado que en el segundo.

No podemos obviar que en el esquema liberal el sufragio es, en sí mismo, un acto de participación, a veces el único, que legitima un largo período de mandato gubernamental, el cual puede volverse sumamente autoritario, y en el cual la conducción de la gestión pública responde a la lógica del orden capitalista en vigor. Pero si ciframos la opción participativa a partir de la vía de una simple inversión hacia la democracia directa, sería disparatado pensar en la nación convocada en asamblea permanente para tomar cada decisión por referendo. No se trata de la disyuntiva entre la racionalidad y el disparate, entre el orden y el caos, aunque así se manipule frecuentemente con vistas a deslegitimar otra democracia que no sea la que responda al esquema liberal. No hay que olvidar que Occidente considera la democracia como su patrimonio político y, en consecuencia, se considera a sí mismo competente para definir sus contenidos.

El desafío en este punto consiste, para decirlo de una manera sencilla, en que el principio de participación pueda regir sobre el de representatividad, si queremos llegar a una democracia definible como participativa. Cosa que, lamentablemente, fue lo que fracasó en lograr el experimento socialista del siglo XX (fracasó en otras cosas también, pero estimo que esta fue su debilidad más costosa), motivo por el cual no podemos menos que admitir que la democracia participativa carece aún de referente histórico integral (es decir, todavía no hay). Pero que carezca hoy de referente histórico de ningún modo significa que sea un imposible, que nos encontremos en un callejón sin salida. Ni significa que no sea el ideal que corresponde sin opción a la propuesta socialista.

El Che, cuya mirada hacia el socialismo llegó en muchos sentidos a remontar sus circunstancias de espacio y tiempo, afirmaba que «Las masas deben tener la posibilidad de dirigir sus destinos, resolver cuánto va a parar a la acumulación y cuanto al consumo, la técnica económica debe operar con estas cifras y la conciencia de las masas asegurar su cumplimiento». El Che lo expresa aquí en un ejemplo de lo que sería el más acabado nivel de participación democrática.

Las masas no han contado aún con dispositivos institucionales que les hayan permitido participar en decisiones de esa magnitud ni en otras de alcance nacional. Ni en el experimento socialista soviético ni en ningún otro. Tampoco lo facilita en Cuba la institucionalidad política, ni con los órganos originales creados en los años 70, ni con las modificaciones introducidas en las reformas de principios de los 90. Con la excepción de los referendos o de convocatorias masivas, en cuyo caso la caracterización movilizativa se ajusta más al acto democrático que la de participativa.

Lo esencial radica, de cualquier manera, en que en el sistema formado por las instituciones políticas estén presentes los cimientos que permitan la formación de una verdadera democracia socialista, a la cual se abrirán seguramente distintos caminos para llegar. Aunque la necesidad de revisiones y reconstrucciones sea compleja, y la implementación se revele en más de una ocasión contradictoria: siempre aparecerán irregularidades imprevistas y/o indeseables. No se trata de transformaciones que puedan producirse con medidas simples ni a voluntad, ni en el corto plazo. Suponen también un cambio en el plano de la cultura política.

El propósito que deja ver la cita de Ernesto Guevara alude al más alto y decisivo nivel de la participación democrática, y me parece significativo. Alcanzarlo requerirá, sin embargo, de un camino larguísimo, en el curso del cual tendrán que darse muchos cambios, y producirse una acumulación de saberes que no se ha generado del todo. Pero se hace inevitable recorrerlo porque, como ha dicho Boaventura de Sousa Santos, «Socialismo es democracia sin fin». El gran dilema para los socialismos que nos formamos en el viejo paradigma consiste en encontrar la ruta de superación de los defectos del modelo actual sin incurrir en un desvío que no tenga reparación. Del mismo modo que el dilema para los nuevos proyectos socialistas consiste en sortear el laberinto del modelo liberal.

Por este motivo observamos en la América Latina que en los procesos de proyección socialista en marcha en Venezuela, Ecuador y Bolivia ha requerido una prioridad marcada la transformación del marco jurídico fundamental: convocar a asambleas constituyentes que permitan cambiar las reglas del juego. En Cuba no se dio esta urgencia porque la radicalidad del proceso cubano barrió con el empresariado privado en cuatro años, y el país se rigió durante diecisiete años por una breve Ley Fundamental adoptada en 1959, sin que nadie protestara. Los procesos actuales, en los cuales la socialización de la propiedad se realiza en el contexto de un poder económico dividido, las oligarquías constituyen, y van a constituir, un factor de presión constante.

Otra cuestión en el debate actual es el del peso del principio de la alternancia en los cargos gubernamentales como aval democrático del sistema. Con la alternancia nos hallamos ante un problema que nos obliga a meditar si se asume como dogma o como posibilidad. Lo importante es el hecho de que, si la limitación del término del mandato por alternancia forzosa, dentro de un esquema presidencialista, sirve para que una elección presidencial permita desalojar a un mandatario indeseable, también puede impedir la continuidad de una gestión que responda a los intereses del pueblo. Se trata de un verdadero dilema para el futuro de una institucionalidad democrática.

En todo caso hay que reconocer que debido a la existencia de esquemas de alternancia (mandato por un período sin reelección, con reelección por un segundo período consecutivo, con reelección por períodos no consecutivos), ha sido posible que los pueblos latinoamericanos en los últimos años hayan hecho valer sus intereses en las urnas. Es decir, escoger efectivamente, y ha constituido un factor significativo de avance democrático. Dicho en otros términos, la alternancia ha permitido por primera vez en nuestra América reforzar soberanía. En todo caso, tampoco hay doctrina programática en torno a alternancias. Lo verdaderamente democrático sería que el pueblo pueda elegir sin presiones a quien le convenga, deshacerse del mandatario indeseable (aun sin esperar plazos), y darle continuidad a los proyectos de gobierno que les benefician. Y que cuando encuentre un líder capaz de responder con coherencia a sus necesidades, no se vea obligado a prescindir de su conducción por motivos institucionales.

Mucho más relevante resulta la cuestión de la soberanía. En qué medida un Estado puede considerarse soberano más allá de atributos formales, y qué relación guarda la soberanía política con la económica, y en suma cómo podemos identificar una soberanía efectiva. Julius Nyerere acuñó hacia el comienzo de los 80 el concepto de soberanía funcional para acentuar esta distinción. El concepto de soberanía no significa lo mismo para los Estados que operan en la esfera del los centros de poder que en los países periféricos: no sería posible que se entienda igual, y no se entiende, en Holanda y Honduras, por ejemplo.

Las oligarquías locales guardan más fidelidad a la soberanía de las finanzas mundiales que a la de sus Estados. Es la naturaleza misma del capital. Sin soberanía plena y con una gestión política contaminada con el capital, ¿cómo podría hablarse de participación popular, de sus significados, sus limitantes, sus expresiones, sus realidades, sus interpretaciones, sus equívocos y, en suma, del peso que comporta como desafío sustantivo? En suma, ¿cómo es posible hablar así de democracia?

De ahí que el dilema de dónde existe más democracia o menos democracia, si es bajo un régimen multipartidista o si sería posible bajo uno de partido único, se revele como un falso dilema porque se tiene que partir de parámetros distintos para esa evaluación. Se trata de de dos escalas evaluativas. Para nosotros, soberanía y gestión pública gratuita, por ejemplo, son factores efectivos, indicadores democráticos, en tanto desde la perspectiva liberal, definen prioritariamente los parámetros democráticos las libertades individuales, con la libertad de mercado a la cabeza. Para nosotros, si hablamos desde la experiencia cubana, la rendición de cuentas del elegido al elector, de las instancias superiores a la base, y de la autoridad individual a la colegiada, son y han de ser elementos esenciales. En tanto, para el sistema liberal estos carecen de significado (o se hacen incluso incongruentes). De ahí que se haya subrayado la crítica liberal a las tendencias actuales de la izquierda a partir de sus rasgos «populistas». Y el populismo también merece una lectura distinta y más profunda que la que ha tenido.

Llamémosle «democratizar» o «perfeccionar la democracia» a la implementación de cambios que nos conduzcan progresivamente a la participación popular en todos los procesos de toma de decisiones; de lo que se trataría sería de aproximarnos a estos paradigmas que deben conducir —junto a otros— a que el pueblo tenga finalmente en sus manos, por múltiples dispositivos, tan variados como se requiera, la posibilidad de dirigir, de manera efectiva, sus destinos en función de sus intereses.

La democracia liberal cifra su institucionalidad en otros paradigmas, en los cuales democracia implica electoralismo pluripartidista y alternancia en el poder. Creo que el debate de los partidos políticos es cada vez menos un debate numérico y cada vez más un debate de significados.

Personalmente tampoco considero que el socialismo esté obligado a realizarse unipartidista, o dicho de otro modo, que sea imposible desde un esquema pluripartidista. Pero en uno y otro caso tendrá que figurar una definida fuerza ideológica y política de sostén del proyecto socialista frente a otras opciones. La realidad concreta impone sus condiciones y no suele admitir dogmas. La historia barre y retiene de acuerdo con los movimientos en las correlaciones de fuerzas.

El debate sobre el futuro de Cuba se vincula hoy estrechamente al debate sobre el futuro de la América Latina, al margen de las diferencias de puntos de partida que nos impone la topografía política del continente, de condiciones específicas, y de estrategias. Se trata, en su esencia, aquí y allá, de un debate sobre soberanía, sobre democracia, sobre justicia social, sobre equidad y, en consecuencia, sobre las clases sociales y la lucha de clases, sobre las transiciones, sobre los paradigmas, sobre las alternativas y sobre muchos otros conceptos asociados con estos. Es un debate de nuestro tiempo, que se inserta en el ordenamiento mundial que nos ha sido impuesto, y ante el cual estamos obligados a reaccionar junto a nuestros pueblos.

Finalmente, no por ser menos importante, sino por estar tocado precisamente del fatalismo de lo incontrolable, he dejado para terminar estas líneas el tema de la supervivencia en peligro de la especie humana. En la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, en 1992 Fidel Castro lo advirtió: «Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones de vida: el hombre. Ahora tomamos conciencia de este problema cuando casi es tarde para impedirlo». La más antigua de las amenazas devino para nosotros, los moradores de la Tierra, el más novedoso de los problemas globales. Hacia los años sesenta comenzó a producirse por diversas vías la toma de conciencia del daño que el desarrollo industrial comenzaba a infligir al ambiente: la sospecha de que el petróleo se iba a acabar alguna vez, la preocupación por la abundancia de químicos en los cultivos alimentarios, la desaparición creciente de especies con la consiguiente pérdida de equilibrio en la biodiversidad.

Aunque las izquierdas, y la marxista entre ellas, podían llegar a ver al ecologismo con simpatía, también lo hacían con escepticismo, incluso con la suspicacia de que era algo concebido para alejar al proletariado de la prioridad de la lucha de clases, y no faltó quien lo codificara como una tendencia diversionista. El mundo vivía en un verdadero estado de inocencia ecológica generalizada. Dominaba la incredulidad sobre la magnitud de la erosión que la humanidad había llegado a producir en el medio ambiente, del cual la propia humanidad forma parte. Hasta esta sencilla verdad se había perdido de vista.

A veces recurrimos a la cita de alguna inquietud marxista, inquietudes más bien de carácter ético que material, en torno al derroche de los recursos forestales u otros. Pero ni siquiera esto da respuesta al problema. Los nexos entre el ser humano y la naturaleza cobran forma, en el descubrimiento marxista, en el concepto de «fuerzas productivas» de la sociedad, el cual expresa el nivel de progreso a partir de una lógica lineal, de dominación, de apropiación, de transformación de la naturaleza que no contiene componente retributivo obligatorio alguno. Una lógica fundamentalmente lineal e impetuosa. En tanto, las relaciones sociales de los humanas entre sí, son enmarcadas en el concepto de «relaciones de producción», en torno a las cuales gira toda la carga crítica marxista al capital.

Por supuesto, que no cabe ni sombra de reproche a Marx al respecto, cuando sabemos que tuvo que pasar un siglo después de su muerte para que nos lográramos percatar de la gravedad del problema. Seguramente si él viviera estaría de acuerdo en reconsiderar lo que no podía en su tiempo siquiera prever. Pero tampoco nos hemos librado de la rémora de asumir un marxismo constreñido a lo que Marx dejó escrito. Hasta la heterodoxia tiene dificultades para ir más allá de una cuota prudente de hermenéutica.

Pero lo cierto es que se trata de un problema que nos toca a quienes lo estamos viviendo. En este momento se ha avanzado mucho en realidad, pero tampoco hemos interiorizado todo lo que nos toca asumir a quienes convivimos este comienzo del siglo XXI, que podría igualmente ser el último, aunque esto suene apocalíptico. Es la verdadera amenaza, la ecológica, que se presenta como el pronóstico del fin de la historia.

Se hace imposible ocultar que nos encontramos en medio del escenario de una crisis ambiental. Multifacética e interrelacionada:

1) la disminución del área forestal (los pulmones verdes) del planeta ha afectado negativamente el régimen de lluvias, contribuyendo a la dinámica de desertificación;

2) La alarma del agotamiento del petróleo ante los cálculos que permitan vaticinar los límites de las reservas;

3) El pronóstico del agotamiento del agua potable, rigurosamente calculado por Margaret Maude desde hace una década (Blue Gold) —el mundo puede morir de sed antes de averiguar si le va a alcanzar la gasolina para salir a buscar agua potable, frente a los que tendrán como comprarla a precios prohibitivos;

4) La «revolución verde», puntal estadístico para la seguridad alimentaria mundial, sobre cuya incidencia paradójica Rachel Carson advirtiera en La primavera silenciosa desde principios de los 60 —hoy los volúmenes de químicos que ingerimos en la papa y en muchos vegetales producidos en gran escala debieran alarmarnos, pero de esos cálculos no nos enteramos, o preferimos no saber;

5) Finalmente el cambio climático, el anuncio de catástrofe global generado por el calentamiento de la atmósfera al cual han dado lugar las emisiones de gases que crearon el llamado «efecto invernadero», portador de un calentamiento global que ya se hace mensurable. Las esperanzas puestas en la reciente cumbre de Copenhague sabemos que se frustraron y cómo se frustraron.

El siglo XXI se revela como un siglo definitorio ante la perspectiva de subsistencia de la humanidad, toda ella, amenazada por su incapacidad de concertar una política de contención global para frenar esta erosión. En tanto dominen las decisiones los intereses de reproducción del capital, liderado por el poder de las transnacionales, las posibilidades de reversión van a quedar fuera de las agendas. Las mismas fuerzas que han impedido dar solución al hambre en el mundo se levantan contra las propuestas que podrían contener la destrucción del ambiente humano. Las fuerzas del capital se orientan al suicidio colectivo.

En suma, que si no se halla solución viable al problema de las relaciones entre el ser humano y la naturaleza —y especialmente entre el capital y la naturaleza— será imposible plantearnos con rigor la relación de los seres humanos entre sí, e imposible estructurar un socialismo viable, o cualquier modelo de justicia social y equidad en cuya viabilidad podamos confiar. El problema de la reproducción y conservación del medio ambiente humano se vincula, repito, a la subsistencia de la especie, lo que lo hace de hecho uno de los problemas centrales para plantearnos el socialismo del siglo XXI.

Muchas gracias.

Publicado en La Ventana

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