En Santa Clara, El Mejunje
Entrevista a Ramón Silverio, director de El Mejunje: "Nosotros le abrimos la puerta a todo el mundo, particularmente a grupos incomprendidos: homosexuales, rockeros, trovadores... Pero lo asumimos con la certeza de que no podíamos crear un guetto, sino todo lo contrario. Un espacio de confluencia..."
Estamos en Santa Clara, a más de doscientos kilómetros de La Habana, son las dos de la tarde y Ramón Silverio nos espera en la puerta de El Mejunje. Todo el que vive en Santa Clara sabe muy bien qué cosa es El Mejunje. Todo el que vive en Santa Clara sabe muy bien quién es Ramón Silverio. Lo sabe, incluso, mucha gente que no vive en esa ciudad, que no vive en Cuba. Pero a lo mejor usted no: El Mejunje es el más famoso centro cultural de Villa Clara, uno de los peculiares del país. Yuris Nórido. Cubasí.
Es la sede, también, de un integrador proyecto artístico. Es un centro nocturno concurridísimo. Es una gran tertulia. Es una cofradía. Es cada una de esas cosas y toda a la vez. Ramón Silverio es su creador, organizador, director artístico, productor, anfitrión y líder natural. Cada una de esas cosas y todas a la vez.
Silverio nos invita a cruzar la puerta y ya estamos dentro del mítico recinto, que no es mucho más que cuatro paredes llenas de graffitis, un escenario improvisado, unas gradas bastante rústicas de metal y madera, una especie de mezzanini y un bar... El techo brilla por su ausencia. Objetivamente hablando, El Mejunje ocupa las ruinas de un antiguo hotel, acondicionadas con más deseos que medios.
La descripción puede dar la idea de un lugar paupérrimo, y en cierto modo lo es, pero aquello tiene su encanto: hay sombra, porque allí dentro, en lo que debió ser uno de los salones del hotel, ha crecido un árbol. Y todo ese ambiente de improvisación, de cosa a medio hacer (o a medio deshacer) le da un toque bastante bohemio.
Nos sentamos, en medio de un constante trasiego de constructores. "Estamos en obras, nos ampliamos. Vamos a acondicionar el local de al lado para hacer allí un escenario para las funciones teatrales, también unos baños más decentes, los que tenemos tienen, la verdad, muy mala reputación", justifica Silverio. Y enseguida añade: "Pero así y todo no hemos cerrado, seguimos con nuestra programación. Ahora mismo terminó una actividad infantil. Antes que cerrar por reparaciones, la gente prefiere estar en medio de los trajines de construcción".
Este peculiar lugar en el que ahora estamos, tan cómodos y relajados, por las noches se torna concurridísimo, hasta el punto de que a veces se hace difícil abrirse paso, respirar. El público es el más heterogéneo que se pueda imaginar. Las colas muchas veces doblan la esquina. Poco que ver con lo que fue El Mejunje en sus inicios, cuando ni siquiera tenía ese nombre.
¿Se imaginó alguna vez Silverio que las cosas tomarían este rumbo?
—Para nada, qué iba yo a imaginar cosa semejante. Yo empecé a hacer un proyecto pequeño, para los amigos. Fue en 1984. La vida cultural y nocturna de la ciudad dejaba mucho que desear. Teníamos la necesidad de encontrarnos, hablar, hacer tertulia. Había gente muy talentosa, artistas, escritores... Fueron sumándose amigos y al poco tiempo aquello comenzó a tomar forma. Era un lugar diferente, muy espontáneo, que rompía con lo establecido. De hecho, el proyecto de El Mejunje nunca estuvo en el buró de nadie.
¿Dónde radicaban?
—En la sede del Guiñol. Al poco tiempo, en el 86, resultó un lugar pequeño y nos dieron otro espacio más grande, aledaño al Teatro La Caridad.
Se habían convertido en un grupo visible...
—Pero no te creas, que por eso mismo comenzamos a tener muchos oponentes. Gente prejuiciosa, con algún tipo de poder, que no veían con buenos ojos que "los artistas" estuvieran reuniéndose, armando tertulias... Y tú sabes lo que alguna gente piensa de "los artistas". Por suerte, y eso lo digo constantemente, siempre contamos con el apoyo del Partido y el gobierno de la ciudad, de la provincia, que han sido nuestros aliados. Si no hubiera sido por esa comprensión, de más está decir que ahora no estaríamos aquí. También siempre hemos tenido de nuestra parte a la prensa, a toda la prensa, sin excepción. Cuando hemos estado en dificultades, siempre nos tienden la mano.
¿Cuando llegaron a este lugar?
—En el 91, después de dar algunos tumbos. Estuvimos un tiempo en el patio de la Biblioteca, pero aquello, como era de suponer, no funcionó. Entonces me fui para mi casa, mis amigos sabían dónde buscarme. Hasta que nos propusieron este espacio, que estaba en ruinas y lo aceptamos sin dudarlo ni un momento. Convocamos a un Domingo Rojo y chapeamos todo el área, poco a poco fuimos acondicionándolo hasta llegar a lo que es ahora.
Supongo que este es el último destino...
—Por supuesto, ya este es el lugar definitivo. Este es El Mejunje. Siempre digo que El Mejunje es mucho más que un lugar, es una atmósfera, un estado de ánimo, un espíritu. Pero lo cierto es que donde único se logra es aquí. Sacas nuestros espectáculos de estas cuatro paredes y ya no son lo mismo, no funcionan igual.
Debe ser también por el público.
—Claro. Aquí viene mucha gente de todo tipo, gente que sería muy difícil encontrar junta en otra parte.
¿Puede esa circunstancia ocasionar problemas?
—En sentido general no, porque todo el mundo sabe cuál es su espacio y sabe que estar aquí implica respetar el espacio del otro. Nosotros desde el principio le abrimos la puerta a todo el mundo, particularmente a la gente que no encontraba dónde reunirse, dónde manifestarse, a grupos marginados, incomprendidos, diferentes: homosexuales, rockeros, trovadores... Pero lo asumimos con la certeza de que no podíamos crear un guetto, sino todo lo contrario. Un espacio de confluencia...
Suena casi utópico...
—Puede ser, pero lo logramos. Hoy aquí tienen espacio todos: los rockeros, los trovadores, los niños, los amantes del danzón, la gente de teatro, y por supuesto, los homosexuales, los travestis, los transformistas... La gente que se reúne aquí los sábados no es la que viene el lunes. Y si lo son, saben muy bien a qué atenerse. Todo el mundo tiene la libertad para ser como es. La única obligación es respetar a los demás. En El Mejunje caben todos...
¿Significa que no hay reglas?
—Claro que las hay. Aquí hay espacio para toda manifestación cultural auténtica. Y lo mejor es que no tenemos que seguir los lineamientos de nadie. Podemos trabajar con absoluta libertad. Si algo no nos parece bueno, no se presenta y se acabó. Hay plena confianza en nuestro trabajo. Y nos la hemos ganado trabajando. El público, como ya te dije, sabe cómo tiene que comportarse. Es como una especie de autodisciplina... Y si surge algún problema —que es normal que surja— lo resolvemos dentro. Las personas problemáticas, violentas, no tienen cabida aquí. Hemos tenido incluso que expulsar a algunos, prohibirles la entrada por algún tiempo. Lo singular es que esas mismas personas después ruegan por regresar, se comprometen a que se van a portar bien...
¿Será este solo una especie de oasis en que la gente confluye sin problemas? ¿O han notado que el entorno también ha cambiado?
—Es imposible cambiar del todo el entorno. Pero puedo decirte que la gente es mucho más tolerante. Claro, todavía hay quién nos tiene mucha ojeriza...
¿Siente nostalgia por los inicios?
—Para nada, aquello quedó atrás, la vida es ahora mismo. El Mejunje ha subsistido porque ha sabido irse renovando. Ha seguido abriendo puertas. Muchas veces antes de que otros las abran. Yo siempre digo que he estado fuera de moda. Cuando empezaron a hacerse shows de transformistas, cuando la gente comenzó a hablar con menos prejuicios de la homosexualidad, hacía rato que aquí se hacían shows de travestis. Cuando empezaron a hablar de trabajo cultural con la comunidad, ya nosotros hacía mucho rato que lo hacíamos. Cuando se habló de autogestión, nosotros ya nos autogestionábamos...
¿Puede El Mejunje subsistir sin Silverio?
—Esa pregunta me la han hecho muchas veces y siempre respondo lo mismo: claro que sí. Aquí somos una familia sólida, unida. Tenemos muy claros nuestros objetivos. Estuve algunos meses fuera del país y El Mejunje no cerró ni un solo día. Es más, se resolvieron muchas cosas en mi ausencia, como las aglomeraciones que se formaban en la puerta. No sé cómo lo lograron, ahora todo el mundo hace su cola muy tranquilos.
¿Consagrarse a un proyecto colectivo le ha restado satisfacciones personales como creador?
—Claro que no. Yo soy un hombre realizado. Esta es mi obra. Y no me interesa la trascendencia porque cuando me muera, me morí y ya. Lo que importa es que he cumplido mis sueños, incluso los más locos. Este mismo, que a muchos les pareció una locura. Y mira ahora, tenemos el reconocimiento de mucha gente, incluso, de países muy lejanos. Gente que cuando viene a la ciudad no quiere irse sin pasar por aquí. El Mejunje ha devenido un símbolo de Santa Clara. Esta misma semana, sin ir más lejos, quieren venir unos rusos. De Rusia al Mejunje, quién lo diría...
A propósito, ¿de dónde viene el nombre?
—Fue cuando estábamos en el teatro. Yo repartía una especie de infusión a los amigos. Y alguien un día se apareció con un cartel que decía "El mejunje de Silverio". Y se fue quedando... Es que es el nombre ideal, porque esto es un verdadero mejunje. Como es en definitiva el cubano. Yo lo único que he hecho es interpretar el alma del cubano.
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